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PRIMERA DIVISIÓN
 
ATHLETIC
Naufragio de un equipo sin rumbo
Al Athletic le faltan recursos para eliminar al Mallorca, que jugó toda la prórroga en inferioridad numérica
CHISPAS. Llorente sufrió en sus carnes la cercanía de Ballesteros. / FOTOS: BERNARDO CORRAL
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Al menos en teoría, el Athletic buscaba en Mallorca un aliciente, una pequeña ilusión a la que aferrarse, de modo que el resto de la temporada -siete largos meses, oiga- fuese algo más que un desesperado bracear en busca de la permanencia. Y es que el fútbol no puede ser sólo sufrimiento, la angustiosa penitencia que fue la pasada campaña. De algún modo, el aficionado necesita un sueño que acariciar, una quimera que perseguir, aunque sea en secreto y contra toda lógica. Pues bien, no será el Athletic el que le permita soñar a sus hinchas. Más bien al contrario. Sin rumbo, el equipo de Sarriugarte naufragó de la peor manera: jugando contra diez una prórroga lamentable.

Tan lamentable como la primera parte, que vino a ser un compendio de los males que atormentan al Athletic: impotencia, falta de criterio y esa doble nulidad lacerante -en el área propia y en la rival- por la que se viene desangrando el equipo. En este caso, además, se daba un problema añadido: los rojiblancos no sabían qué hacer con el partido. Viendo la actitud y la disposición del Athletic nadie hubiera dicho que su obligación en Mallorca era ganar el partido o empatarlo a más de un gol. A ese estado de confusión contribuyó, sin duda, la alineación de Sarriugarte, que optó por dejar a media docena de titulares en el banquillo, entre ellos algunos jugadores básicos como Yeste, Urzaiz, Iraola o Aduriz.

¿Estaba tirando la Copa el técnico rojiblanco? Es de suponer que no. Es de suponer que ése no era el mensaje y que Sarriugarte confiaba de verdad en que algunos de los elegidos -Dañobeitia, Casas o Iturriaga- se reivindicaran de algún modo y el equipo no se resintiera en exceso de las ausencias. No hace falta decir que el entrenador de Zaldibar, cuyo crédito está muy cerca del límite, suponía demasiado. La lectura del juego fue inmediata: si con los titulares este equipo tiene serios problemas de carburación, qué decir con varios suplentes o meritorios.

Una esperanza

El caso es que, durante los primeros 45 minutos, los rojiblancos dieron un tratado de no saber lo que hacer en un campo de fútbol. Uno por uno, casi todos suspendieron, aunque hubo algunos que destacaron en su mala nota. Joseba Etxeberria, por ejemplo, no dio una a derechas y sólo empezó a entonarse en la segunda parte, cuando tuvo otros compañeros a los que enchufarse. Curiosamente, fue sustituido cuando mejor jugaba. Dañobeitia, por su parte, volvió a revolver sin sentido y Casas continuó en su línea habitual. A los diez minutos el entrenador ya estaba arrepentido de tenerle en el campo, aunque esperarse al descanso para mandarle a la ducha.

Enfrente, el Mallorca tampoco estaba para lanzar cohetes. Malamente podía estarlo con Ibagaza en el banquillo y Tristán sobre el césped. Sin embargo, los rivales del Athletic no necesitan hacer maravillas para obtener alguna ventaja. Lo sabe todo el mundo. En esta ocasión, Jankovic aprovechó un regalo defensivo -Casas estaba de por medio- para adelantar a su equipo en el minuto 20. Tan cómodo se sentía el conjunto de Manzano con su rival que se dedicó a la buena vida y lo pagó en la segunda parte. Con Urzaiz, Yeste y más tarde Iraola, el Athletic cogió aire y se fue hacia arriba. Un dudoso penalti sobre Urzaiz supuso el empate. La eliminatoria volvía a abrirse. De las cenizas, renacía la esperanza. Llorente tuvo en sus botas la victoria en una ocasión clamorosa que desperdició. Algo parecido le ocurrió a Urzaiz con un cabezazo en el descuento, cuando el Mallorca ya jugaba con diez por la expulsión de Jankovic.

Se llegó así a una prórroga que, siendo como son un cara y cruz, debía beneficiar a los rojiblancos, aunque sólo fuera por su superioridad numérica. Tampoco fue posible. A este equipo le duele el balón como les dolía España a los escritores del 98. Un nuevo regalo defensivo permitió el 2-1 y se acabó. ¿Que el árbitro se tragó un penalti? Cierto. Tan cierto como que al fútbol de este equipo se lo ha tragado la tierra.
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